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- Y este universo exterior, tan amplio, nos llama - señaló ella.
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Max Allgood, jefe de la Central de Taquiseguridad, subió las escaleras de
Administración unos pasos por delante de sus dos médicos acompañantes, tal como
correspondía al director de los sicarios de los Optimen, poseedor de un temible poder.
El sol matutino centelleaba a espaldas del trío y creaba sombras sobre los ángulos y
planos del blanco edificio.
Se les franqueó la entrada hasta el pórtico, donde cayó una barrera imposible de eludir.
Los escáneres de aislamiento los exploraron en busca de microbios nocivos.
Allgood se dio la vuelta con la paciencia fruto de la larga experiencia en dicho trámite y
observó a sus acompañantes, Boumour e Igan. Le divertía el hecho de que allí tuvieran
que prescindir de su título. En aquel recinto no se admitía a los médicos. Allí tenían que
ser farmacéuticos. La palabra «doctor» causaba malestar entre los Optimen. Ellos sabían
que existían los médicos, pero solo atendían a los simples humanos. La palabra «médico»
se sustituía allí por un eufemismo, al igual que nadie mencionaba «morir» o «matar», ni se
insinuaba que algo podía estropearse. Sólo los nuevos Optimen, durante su aprendizaje,
o los simples de aspecto juvenil, prestaban sus servicios en la Central, si bien algunos de
los simples habían sido conservados por sus patrones durante períodos considerables de
tiempo.
Tanto Boumour como Igan pasaron la prueba de juventud, aunque la cara de Boumour
era del tipo enano y tez pálida que solía envejecer antes de tiempo. Era un hombre
corpulento, de hombros anchos. Igan parecía enjuto y frágil a su lado; tenía el rostro
alargado, la mandíbula cuadrada y la boca pequeña, con los labios delgados. Los ojos de
ambos eran del color de los de Optimen, azules y penetrantes. Ambos debían de ser, con
toda probabilidad, casi-Opti. La mayoría de los medicos-farmacéuticos de la Central lo
eran.
Los dos hombre se movían inquietos bajo la mirada de Allgood, evitando cruzar la vista
con el. Boumour empezó a hablar en voz baja a Igan, con una mano sobre el hombro que
se agitaba. El movimiento de la mano de Boumour sobre el hombro de su compañero le
recordó a Allgood que había visto algo parecido en alguna parte. No pudo precisar dónde.
Seguía la prueba de aislamiento. A Allgood le dio la impresión de que se prolongaba
más de lo normal. Desvió la atención al paisaje que se extendía frente al edificio. Reinaba
una extraña calma; en oposición con el ambiente de la Central, por lo que Allgood sabía.
Comprendió que el tener acceso a los archivos secretos, e incluso a los libros antiguos,
le había proporcionado un conocimiento poco común de la Central. Los dominios de los
Optimen se extendían a lo largo de leguas del territorio que una vez había pertenecido a
la alianza política de Canadá y el norte de los Estados Unidos. Formaba un círculo
aproximado de setecientos kilómetros de diámetro y doscientos niveles bajo tierra. Era
una sociedad de múltiples controles: del clima, del gen, de las bacterias, de las enzimas
de los humanos...
En aquella esquina, el centro de la Administración, el suelo se había formado como un
paisaje italiano en claroscuro: blancos y grises, con pinceladas de pastel. Los Optimen
podían moldear una montaña a su antojo: No tan alta pero dejad las laderas tal como
están.
La naturaleza había sido arrasada, desposeída de sus puntos peligrosos. Incluso
cuando los Optimen ponían en práctica algo espontáneo, carecían del elemento
dramático, que tampoco estaba presente en sus vidas.
Allgood pensaba muy a menudo sobre esto. Había visto películas anteriores a los
Optimen y sabía reconocer las diferencias. Los detalles estéticos de la Central le parecían
siempre colocados junto a los triángulos rojos que indicaban las salidas de farmacia,
donde los Optimen podían controlar las recetas de enzimas.
- ¿Se están tomando mucho tiempo, o me lo parece a mí? - preguntó Boumour, con
voz algo áspera.
- Paciencia - contestó Igan.
- Si - dijo Allgood -, la paciencia es el mejor aliado del hombre.
Boumour miró al hombre de Seguridad, estudiándolo. Allgood rara vez hablaba por
hablar. Él, y no los Optimen, era la mayor amenaza para la conspiración. Él era uña y
carne con sus amos, un supermuñeco. ¿Por qué nos habrá ordenado que le
acompañemos? ¿Lo sabe? ¿Nos denunciará?
Allgood tenía una fealdad especial que fascinaba a Boumour. El jefe de Seguridad era
un Folk bajito y rechoncho, con cara de luna y ojos almendrados, que llevaba un mechón
de pelo negro sobre la frente, un corte Shang, según indicaba su evidente marca
genética. Allgood se dio la vuelta y de forma repentina Boumour comprendió que la
fealdad del hombre procedía del interior. Era la fealdad del miedo, el exterior y el
personal. El descubrimiento le proporcionó cierto alivio, que comunicó a Igan a través de
la presión de los dedos sobre el hombro.
Igan se apartó con brusquedad para mirar el exterior del edificio donde se encontraban.
Claro que Max Allgood tiene miedo, pensó. Vive entre el fango de los temores nombrables
e innombrables... al igual que los Optimen... pobres criaturas. [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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