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asombrosamente moderna. Sólo el pabellón de ciencias había recibido una asignación de un
millón y medio de dólares en el presupuesto del año anterior. Las aulas, por donde aún se
paseaban los fantasmas de los trabajadores subvencionados que las habían construido en la
época de desocupación y de los chicos de posguerra que las habían utilizado por primera
vez, estaban amuebladas con pupitres modernos y pizarras de tenue resplandor. Los
alumnos estaban aseados y correctamente vestidos, y eran vivaces y ricos. Seis de cada diez
alumnos de los cursos superiores tenían su propio coche. En términos generales, una buena
escuela. Un excelente lugar para dictar clases en los Enfermos Años Setenta. Comparada
con ella, la Escuela la Vocacional de Center Street parecía el lugar más tétrico de África.
Pero después de que los chicos se iban, algo antiguo y lúgubre parecía posarse sobre los
pasillos y susurrar en las aulas vacías. Una bestia negra y abyecta que nunca se mostraba
totalmente. A veces, mientras caminaba por el corredor del Pabellón 4 hacia el
aparcamiento, con su portafolios nuevo en una mano, Jim Norman tenía la impresión de
que casi la oía respirar.
El sueño reapareció hacia finales de octubre, y esta vez sí gritó. Se abrió paso a
manotazos hasta la realidad de la vigilia y encontró a Sally sentada en el lecho junto a él,
cogiéndole por el hombro. Su corazón palpitaba violentamente.
 Dios mío  dijo, y se pasó la mano por la cara.
 ¿Estás bien?
 Claro que sí. ¿Grité, verdad?
 Vaya si gritaste. ¿Tuviste una pesadilla?
 Sí.
 ¿Algo relacionado con el día en que aquellos chicos rompieron la guitarra de tu
alumno?
 No  respondió . Algo mucho más antiguo. A veces vuelve, eso es todo. No es
grave.
 ¿Estás seguro?
 Sí.
 ¿Quieres un vaso de leche?  Sus ojos estaban velados por la preocupación. Él le besó
el hombro.
 No. Sigue durmiendo.
Sally apagó la luz y él se quedó tal como estaba, con los ojos fijos en la oscuridad.
Tenía un buen horario, para ser el profesor nuevo del cuerpo docente. La primera hora la
tenía libre. En la segunda y tercera enseñaba redacción a los alumnos de primer año: un
grupo era aburrido y el otro era bastante entretenido. Su mejor curso era el de la cuarta
hora:
literatura norteamericana para alumnos de último año que planeaban ingresar en la
Universidad. La quinta hora estaba reservada para un «período de consulta» durante el cual
debía atender, teóricamente, a alumnos con problemas personales o académicos. Parecían
ser pocos los que tenían los unos o los otros (o los que querían discutirlos con él), y pasaba
la mayor parte de ese tiempo leyendo una buena novela. La sexta hora correspondía a
un curso de gramática, árido como el desierto.
Su única cruz era la séptima hora. El curso se denominaba «Viviendo con la Literatura»,
y se desarrollaba en una pequeña aula encajonada del tercer piso. El recinto era caluroso a
comienzos de otoño y frío cuando se aproximaba el invierno. El curso en sí mismo era
optativo para los que los programas escolares llaman tímidamente «alumnos difíciles»
En el curso de Jim había veintisiete «alumnos difíciles», casi todos ellos atletas
escolares. En el mejor de los casos se les podía acusar de indiferencia, y algunos de ellos
tenían una veta de franca perversidad. Un día, al entrar en clase, encontró dibujada en la
pizarra su caricatura, obscena y cruelmente fiel, con la innecesaria aclaración «Señor
Norman» escrita con tiza al pie. La borró sin hacer ningún comentario v comenzó la lección
a pesar de las risitas.
Ideó planes de enseñanza interesantes y seleccionó varios textos atractivos, de fácil
comprensión..., pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos. El estado de ánimo de la clase
oscilaba entre la hilaridad incontrolable y el silencio hosco. A comienzos de noviembre
estalló una reyerta entre dos chicos durante un debate sobre Of Mice and Men, de
Steinbeck. Jim la cortó y envió a los dos contendientes al despacho del jefe de estudios.
Cuando abrió su libro en la página donde había interrumpido la lectura, la palabra
«Muérdelo» le saltó a los ojos.
Consultó el problema con Simmons, quien se encogió de hombros y encendió la pipa.
 No tengo la verdadera solución, Jim. La última hora es siempre la peor. Y para uno de
ellos, un «cero» en su curso implicaría la pérdida del derecho a jugar en el equipo de fútbol
o de baloncesto. Y han pasado por los otros cursos claves de inglés, de modo que no tienen
más remedio que pasar por este suplicio.
 Lo mismo se puede decir de mí  murmuró Jim, amargamente.
Simmons hizo un ademán afirmativo.
 Demuéstreles que tiene carácter y ellos bajarán sus humos, aunque sólo sea para
conservar sus privilegios deportivos.
Pero la séptima hora siguió siendo una espina clavada en su flanco.
Uno de los mayores problemas de «Viviendo con la Literatura» era un mastodonte
inmenso y lerdo llamado Chip Osway. A comienzos de diciembre, durante un breve
paréntesis entre el fútbol y el balonmano (Osway practicaba ambos deportes), Jim le
sorprendió copiando en un examen y lo echó del aula.
 ¡Si me suspende se lo haremos pagar, hijo de puta!  le gritó Osway por el corredor
penumbroso del tercer piso . ¿Me oye?
 Vete  le ordenó Jim . No derroches saliva.
 ¡Se lo haremos pagar, cretino!
Jim volvió a entrar en el aula. Sus alumnos le miraron con indiferencia sin dejar traslucir
ninguna emoción. Experimentó una sensación de irrealidad, la misma que había
experimentado antes... antes...
Se lo fiaremos pagar, cretino.
Cogió la libreta de calificaciones que descansaba sobre su escritorio, la abrió en la
página titulada «Viviendo con la Literatura» y trazó pulcramente un «O» en la casilla de
exámenes que figuraba junto al nombre de Chip Osway.
Esa noche se repitió el sueño.
El sueño siempre ocurría con cruel lentitud. Tenía tiempo para verlo y sentirlo todo. Y a
ello se sumaba el horror de revivir hechos que se encauzaban hacia un desenlace conocido,
con la misma impotencia que puede experimentar un hombre maniatado dentro de un coche
que se precipita a un abismo.
En el sueño él tenía nueve años y su hermano Wayne tenía doce. Marchaban por Broad
Street, en Bradford, Connecticut, rumbo a la biblioteca local. Jim tenía que haber devuelto
sus libros hacía dos días, y había birlado cuatro céntimos de la fuente del aparador para
pagar la multa. Eran las vacaciones de verano. Se olía la hierba recientemente cortada.
Desde la ventana de un apartamento de un segundo piso llegaban los ecos de un partido de
béisbol: los «Yankees» derrotaban a «Red Sox» por seis a cero en la octava vuelta, bateaba
Ted Williams, y las sombras de la «Burrets Building Company» se estiraban lentamente a
través de la calzada a medida que el crepúsculo cedía paso a la noche. [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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